20 feb 2010

Julio Cortázar:



Vestir una sombra


Lo más difícil es cercarla, conocer su límite allí donde se enlaza con la penumbra al borde de sí misma. Escogerla entre tantas otras, apartarla de la luz que toda sombra respira sigilosa, peligrosamente.
Empezar entonces a vestirla como distraído, sin moverse demasiado, sin asustarla o disolverla:
operación inicial donde la nada se agazapa en cada gesto. La ropa interior, el transparente corpiño, las medias que dibujan un ascenso sedoso hacia los muslos. Todo lo consentirá en su momentánea ignorancia, como si todavía creyera estar jugando con otra sombra, pero bruscamente se inquietará cuando la falda ciña su cintura y sienta los dedos que abotonan la blusa entre los senos, rozando la garganta que se alza hasta perderse en un oscuro surtidor.
Rechazará el gesto de coronarla con la peluca de flotante pelo rubio (¡ese halo tembloroso rodeando un rostro inexistente!) y habrá que apresurarse a dibujar la boca con la brasa del cigarrillo, deslizar sortijas y pulseras para darle esas manos con que resistirá inciertamente mientras los labios apenas nacidos murmuran el plañido inmemorial de quien despierta al mundo. Faltarán los ojos, que han de brotar de lágrimas, la sombra por sí misma completándose para mejor luchar, para negarse. Inútilmente conmovedora cuando el mismo impulso que la vistió, la misma sed de verla asomar perfecta del confuso espacio, la envuelva en su juncal de caricias, comience a desnudarla, a descubrir por primera vez su forma que vanamente busca cobijarse tras manos y súplicas, cediendo lentamente a la caída entre un billar de anillos que rasgan en el aire sus luciérnagas húmedas.

El ropero de Vera



Roberto Innocenti


- Salí del ropero Vera, ya son las ocho...
- ¿Y si no quiero salir?
- ¡No seas vagamunda cobarde! ¡Tienes todo el día por delante!

El ropero de Vera, definitivamente, era un mundo aparte. Olía a polvo, naftalina y a un recuerdo de madera lejano. Tenía fondo, profundidad y abismos... Y contenía, aparte de su ropa, a Vera misma. Vera la cobarde. Vera el fantasma de sí misma. Vera que no era ella. ¿O sí?
El ropero era refugio para las horas negras. Porque Vera, indiscutidamente, era de horas negras. No era como la gente amarilla que aprovechaba de "la mañana" (que en total no es más que un estado de ánimo, antaña sabiduría de horas negras), la gente que ocupaba cada minuto con actividades, que se acostaba temprano, prudentemente, para poder madrugar al día siguiente, aquella gente todo-energía y todo-optimismo que hacía burocracias sin chillar, que vivía en este mundo, tan claramente amarillo, sin chocarse contra las paredes agudas que lo limitan. "¿Por qué -se preguntaba Vera- son las horas amarillas las que dominan al mundo? ¿Y nosotros de horas negras, dónde quedamos?"

- Vera, dejate de cuentos, ¡fuera ya de este roñoso ropero! ¡El mundo te está esperando!

El mundo -pensaba Vera- está esperando a la Vera amarilla que no soy. Y tras mío, la noche es larga...

15 ene 2010

Las casas sin puertas



...y mi cabeza corre y corre no para nunca, las frases me rodean en un suave mareo en un insistente mareo, mareo musical de the police dividido mateo multiplicado por manu chao los redondos y un grito de socorro.
"y ninguna casa tenía puertas" escribió huidobro como al pasar sin la conciencia de evocar un momento preciso, partiendo.
las horas negras saben que la mañana es un estado de ánimo y los días pasan, va apareciendo gente de antes y gente de ahora, nueva y vieja que suena a nueva y usada que suena a abuso y feo y no es más que un juego mediocre de palabras.
la cuestión es que la gente va pasando como pasa la gente por la ventana de un bar, como pasan los tragos por el mostrador y por las gargantas desesperadas. va pasando la gente y el corazón late en manos de lobos, algunos cuerpos carnívoros se quedaron como al azar con una parte mía, cuidándola hasta la locura, y yo los llevo adentro, llevo lobos en la panza como los canguros a sus hijos. una voz asegura que yo pertenecería a la familia macropódida , claramente, ha dicho que los monos y sus decendentes fueran del tercer mundo y yo sueño aquel bicho raro, habitando un mundo perdido, buscando el mundo fantasma hasta perder las alas de un mundo invento.
y las horas pasan (y se podría creer que pasan como pasa la gente, como pasa el tiempo que se va consumiendo la vida de a poco como un bicho de luz que no es tan extraño como...) y se caen de mis dedos como la demencia tan limpia y bien vestida, tan bien educada; no hay quién pudiera decir algo.
yo, para los cuentos, sirvo.
háblame en las horas negras cuando la madrugada aún está lejos, cuando los sueños bailan en el paladar, cuéntame con todas tus lenguas hasta que llegue el sueño...

Un señor huidobro insiste en las casas sin puertas y aquel hombre se da contra todas
las puertas, por cierto, que permanecen cerradas, las que el viento no desnuda
y desconfía él de los cuadros colgados que dan lugar a ventanas, a los mundos antaños
mira como quien desconfía del mundo como quien mira la mar y el desierto como quien no sueña.
Levanta su sombrero y saluda como cual pájaro llegando al árbol un día de tormenta.
y así da las buenas noches, Vicente.

Vicente Huidobro:


4 ene 2010


PROVERBIO ALEMÁN


"Mal den Teufel nicht an die Wand".

"No pintes al Diablo en la pared".

15 dic 2009

Cuántas caras



¿Cuántas caras tenés, diciembre?
¿Alguien las contó? La niña que no sabe sumar no podrá sacar la cuenta.
El velo lapislázuli te tapa - no la cara, los ojos.
Sos el hombrecito, las piernas largas y el piano, sos la niña buena de los dos años que no pudo ser, sos la risa del siete, el día después de los zapatos, sos la sabiduría sin grandes conocimientos mundanos, sos el día del casamiento roto, sos la muchacha fiel en rojo y negro, sos los principios escritos en una roca, sos la ternura en el tronco de madera bien dura y oscura, sos el día del deber del niño antiguo que quedó en el camino, sos los días después y el ganso que una vez fue un animal de verdad. Te hiciste sol, te hiciste mar y agua. Te hiciste amigo al fin y nadie sabe cómo, nadie entiende nada de ti porque no dejás un momento de reflexión, porque vos venís y con todo, y me dejás en un lugar... lejana la flor de ganso, lejana la mujer maravilla.
La noche pedimos, la noche perdimos, por un rato.
No sé cuánto cobrás, diciembre, no sé a dónde llevas tus trofeos.
No sé si escribirte no es como escribir cartas de amor al vacío; no sé si pensarte no es una distracción para no caer en la realidad.
No sé diciembre, no sé. Si tratarte como un amigo ausente, si navegarte como barco rumbo al exilio,
si buscarte como los que ya nunca estarán, como las que no nos han de devolver, si habitarte como la casa del viento, no sé diciembre, si contarte como historia o como acontecimiento de fin de año, me quieren convencer los pensamientos molestos de que habría que recitarte como poema, me martilla la razón para que por fin entienda que diciembre no es de las palabras, es de los haceres, que no, que no...
Todos opinan diciembre, todos menos vos, tan calladito. ¿Acaso le hablás a la cálida brisa? ¿Le susurrás a la nieve de otro hemisferio? ¿Le cantás tu canción al hombre cansado que ya no tiene regalos para traer? ¿Qué hacés diciembre, sólo comerte el tiempo?
En otro mundo quiero creer que bailes,
en otro mundo quiero creer que beses al mayo triste,
en otro mundo, debes de estar.

Diciembre



Diciembre vino con su cara pintada, para que nadie mire atrás.
Para que se te vayan las ganas de averiguar qué hay detrás de los colores.
De todos lados los cuentos de agotamiento, las cuentas sin fondo, todas las voces comparten cansancio y penas, la última esperanza es que ya termina el año. Cierto.
Yo soy el último, susurra diciembre, el último mes del año.
Tan irreal como las fiestas, tan absurdo como la nieve en verano, tan lejano como los recuerdos fríos de mi infancia. ¿Cuándo nos convenció diciembre de que es él que da fin a los años, que realmente él sea el último?
Se viene el cuento del año que viene en el que seremos, en el que vivamos a pleno, en el que nos lave la lluvia de verano y nos cante sus canciones la esperanza; el año que viene se abre para todos los deseos, para todos los propósitos, para vaciarnos de gris y llenarnos de rosas, el año nuevo para la vaca negra y los dragones de la laguna.
Diciembre toca las campanas y rompe el tambor. diciembre se alza y sobrevuela los techos de los cantegriles, de las villas, de las favelas, de todos los cielos sin velas ni santas estrellas.
Diciembre silba en los umbrales. Le miro a los ojos de fin del mundo, estiro la mano para tocar su cara fría, que está fría en el norte y fría en el sur, fría de razón y de champanes amargos.
No te creo diciembre, que aquí ocupás el duodécimo mes y te tomaste el verano, mientras para los romanos eras tan sólo el décimo mes y reinabas el invierno.
No te creo diciembre, porque para muchos pueblos ni existes, porque sos un invento, porque venís con tus botas pesadas para pisar el polvo, para llevarte las flores, para taparnos con blanco.
Todopoderoso hiciste la cuenta sin el tiempo, que juega con sus abalorios, haciendo músicas de hada hasta que se le cae uno, y otro abalorio, y otro...
Y nada puedes hacer diciembre, que ves caer abalorios en tu falda, sólo das tu cara, tu cara pintada.
Vos que guardás cumpleaños de gente querida, y a aquella no la vas a devolver, ya lo sé y quizá tampoco sea tu tarea.
Papa Noel son los padres, dicen. En una pared en Montevideo leí que también Artigas son los padres. No es de extrañar que diga eso, pensé, pero quiénes son los padres, entonces?
The answer, my friend, is blowin' in the wind...
¿y quién eres tú, diciembre?
¿quién?