2 mar 2010
1 mar 2010
Ojos dulces
Y en vigilia te confesé aquel deseo.
Que los ojos dulces no descansen al fondo del mar, ni al fondo de la tierra; es decir, que los ojos dulces no descansen.
Que sigan ahí, presentes, en la cara de la niña que nacerá el día de mañana, como quien dice, sin palabras.
Que por un momento se ausente la duda, se ausente el pesar y que haga unos días verdes, con el viento peinando el trigo como vos peinando tu cabello todos los días, y dos veces.
Que las ideas no sigan avanzando sobre una casa grande y extraña; una casa al final de un país que se erige sobre rocas, con esta palabra en la lengua: espinas.
Que yo de una vez por todas encuentre el principio sumergido en medio del final, que los malditos “que“ encuentren tu boca, por fin, tus oídos, tus brazos.
Intuyo que habrá pasillos tan extendidos como desiertos, tan calvos que un aire repentino y casual les provocará piel de gallina de pasos, de ruedas.
Intuyo que el aire sabrá a asombro y a pérdida, como todas las veces que se respira aire desde arriba.
Quizá habrá algunas mariposas, quizá la ansiedad se convertirá en emoción pura, por un momento.
Al final del viaje me imagino un lago, un poco azul y bastante profundo, y se me viene una imagen un tanto ridícula en mente: estar en la orilla, mirando hacia el horizonte o mirando algún pájaro dando vueltas. Vanidoso, al fin.
Por aquí, con la luna llena los perros del barrio aúllan, pero de lobos ni rastro.
En la casa de arriba se están peleando como todas las noches y hay un bebé llorando que me asusta un poco, corazonando lo que vendrá.
Hoy no hubo voces, y muchas manos trabajaron en el olvido momentáneo.
A mí se me congeló la cara reflejada en mi tasa de té. Me miraba como de lejos, desde el fondo, y me advirtió algo por debajo que no tiene forma ni tamaño.
Es probable que la noche pase como todas las noches y que mañana hará un nuevo día para calmar los dolores del tiempo, para llenar con ladrillos las grietas del pasado y salvar uno de estos mundos rotos, alguno de los mundos que se caen de inmaduro sobre sus patitas dobladas de papel. Salvar uno aunque sea.
Finalmente, la melodía que emerge de las sombras de casa me dormirá y los sueños llegarán con otro triunfo.
Mañana te contaré que soñé contigo, como tantas veces, y tú, otra vez, harás ese pequeño silencio que me mata de a pedacitos y me dirás: “Ah. Mirá". Pero otra vez no admitirás que estoy lejos, que ya no existo en la presencia inmediata de los días, y todo será insinuado, la tristeza parcial. Volveremos al silencio, al espacio entre las palabras intercambiadas como hojas de otoño, y con eso nos diremos todo.
Sí, te compraré el gorro, te compraré una jirafa o un cordero, en total, da lo mismo; e iré a elogiar tu jardín y tu casa de dos pisos.
Sé que nada será como parece, y lo sabemos -siempre lo supimos-, y aunque pintara pasto en el muro de mi casa, camuflándola, sé que ésta se verá clara y distinguidamente.
Al fondo de los ojos dulces, al final de todos los pasillos largos, no hay engaño.
23 feb 2010
Espíritu occidental
Hoy vi la luna.
Me dieron ganas de decirle algo.
"Pero", dijo Mateo con un dedo en alto,
"los corderos no aúllan".
Me dieron ganas de decirle algo.
"Pero", dijo Mateo con un dedo en alto,
"los corderos no aúllan".
Vicente Huidobro:
ÉGLOGA
Sol muriente
Hay una panne en el motor
Y un olor primaveral
Deja en el aire al pasar
En algún sitio
una canción
EN DÓNDE ESTAS
Una tarde como ésta
te busqué en vano
Sobre la niebla de todos los caminos
Me encontraba a mí mismo
Y en el humo de mi cigarro
Había un pájaro perdido
Nadie respondía
Los últimos pastores se ahogaron
Y los corderos equivocados
Comían flores y no daban miel
El viento que pasaba
Amontona sus lanas
Entre las nubes
Mojadas de mis lágrimas
A qué otra vez llorar
ya llorado
Y pues que las ovejas comen miel
Señal que ya has pasado
Peppino
Peppino y el esqueleto
Peppino ve un esqueleto bailando a cuerdas, cuerdas finas hasta la invisibilidad.
- ¿Así que tú eres la muerte?, pregunta, pero el esqueleto sigue mudo y cuerdo, atado a sus cuerdas y baila ríéndose.
- ¿Eres tú?, pregunta Peppino y extiende la mano para comprender, para poder aprehender tocando lo que está viendo, lo que no se puede explicar.
El esqueleto lo mira fijamente desde sus órbitas vacías pero no se deja tocar, siempre está apenitas fuera de su alcance.
- ¡Enseñame a bailar!, exclama Peppino y se asusta de sí mismo;
¿y si realmente es la muerte la que mueve las caderas allí frente a él?
Pero el día está tan bonito, un poco frío pero soleadamente celeste, ¿qué le debiera la muerte un día como éste? Y a propósito, ¿ no es ridículo pensar enseguida en la muerte, sólo porque uno haya visto a un esqueleto bailando? ¿Por qué la muerte debiera tener forma de esqueleto? ¿Acaso no podría lucir tan distinta, tan embellecidamente en su apariencia arbitraria?
Si de veras fuera tan poderosa como comunmente se sostiene, podría ser lo que quisiera y venir dentro de todo lo que exista, ¿o más bien dentro de todo lo que expire?
Pero, ¿pensar en la muerte un día como éste no representa en sí mismo una impertinencia, y la muerte, acaso, se deja pensar?
Gritar la muerte para afuera, hacerle frente y mirarle a los ojos, a sus ojos oscuros de nunca más, eso habría que lograrlo, piensa. Llorarla bien y luego echarla de las bóvedas del pensamiento, dejarla por esta...
O arreglarle un cuarto, servirle un huevo pasado por agua por las mañanas, exigirle un cuento con un par de anécdotas por encima y luego pasar el resto del día tranquilo, como todos los días, y dejar que sean lindos, soleados, celestes como el cielo.
No te dejes intimidar por este esqueleto matraqueante, piensa Peppino para sí, la muerte tiene que ser muy distinta. Toma coraje y la encara:
- Tú no eres ella, le dice muy tranquilo a su contra huesudo que tiene enfrente, la muerte, seguramente, tendría otra cara.
El esqueleto se ríe y baila, matraquea sus huesos y replica con la voz algo ronca:
- ¿Estás seguro?
21 feb 2010
Dichos
- ¿Es usted feliz?- le preguntaron a una campesina úngara en la tele.
- Más feliz me volvería loca- dijo ella.
Aglaja Veteranyi
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